12/2016 | Colombia y México, un dolor que se transformó en arte

Así somos…
como aquella gente hermosa, colorida o transparente;
como los locos
que observan pasar los trenes transparentes cada nueve lunas…
en busca de unos ojos que los miren
y de su destino…

Álvaro Lerzundy Gómez

América Latina es un lugarcito solitario, pero no lo cambio por nada. Aquí uno aprende a llorar mientras ríe. Aquí nos masacran y los muertos comienzan a hablar. Aquí nos desaparecen y nos dedicamos a perseguir mariposas amarillas. Así somos: una mezcla de dolor-alegría.

Escuché de Colombia por la voz de mi maestro, un colombiano con dotes de mago. Y desde ese momento no paré de imaginarla. Me obsesioné con saber de ese sitio que tanto se parece al mío. Escuché salsa con desesperación, como esperando encontrar ahí la bestialidad de este mundo, del nuestro. Desaparecidos, desplazados, muertos.
Todo ocurrió tan rápido, que de pronto estuve ahí… en el lugar más cercano a las estrellas (Bogotá, Colombia). Fui por invitación de MasterPeace México, una ONG que se dedica a promover la paz a través del arte. Al llegar, sólo podía ver la similitud con mi ciudad, una sociedad estratificada hasta el tuétano. Y entre vallenatos, lograba despertar a las 6 am para verificar que allá amanece más temprano.

Como típico extraño, me maravillaba con todo: las calles amplias, la ciudad rojiza y los muros coloridos. No paraba de mirar a la gente y preguntarme si ahí los dolores se acumulaban tanto como en México. Hasta que en una ocasión llegué a Plaza Bolívar, en pleno acto de protesta para exigir el SÍ al proceso de paz. Ahí vi al colectivo “Costurero kilómetros de vida y memoria” y se me hizo un nudo en la garganta, pues recordé mis dolores. Ahí tuve las mismas ganas de llorar por los desaparecidos de mi país y de cualquierlugar.

Con el paso del tiempo, por fin llegué al Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, ahí escuché a los árboles contar historias de dolor transformadas en vida. Conocí el proyecto “Asalto al alma”, que consiste en una recopilación de historias sobre los desplazados por la violencia y culmina en una exposición de un anuario junto a un árbol que simboliza la vida misma.

En Colombia como en México, viví la poesía. Esa poesía que habla y vive del dolor para sanar las heridas. Qué contradicción, sí; pero el artista es aquél que llenó de color a Bogotá en medio de las tragedias o dio visos de esperanza al ras de la bala. Eso vi allá, ganas de hacer arte a pesar de lo trágico. Eso veo aquí, en mi país, gritar arte sobre la balas y juntos construir algo distinto, la paz.

Laura Itzel Domart