12/2016 | “En Bogotá escuché cantos, desgarrados por la nostalgia…” Crónica de Diana Morales, ganadora de cuento


Para Colombia,

Un montón de luces disipadas se observan desde mi ventanilla, como pequeñas luciérnagas enfiladas que se alzan en una noche fría y alargada. Colombia, puedo saborear su amarga dulzura en la punta de la lengua incluso sin bajar aún del avión. Es la una treinta de la madrugada, y me pregunto si Bogotá es tan tranquila de día como parece de noche. Lo dudo. Mientras mi maleta de apenas doce kilos pasa por el escáner, pienso en los despojos, en que si pudieran atravesar las fronteras y las deshoras ¿mi equipaje se mantendría tan liviano? ¿Se dibujaría en ésa pequeña pantalla las ausencias?

Abordamos el auto en una ciudad desconocida que con sus amplias calles nos cobija. El aire se siente helado en las mejillas, y sus montañas, gigantes y solitarios nebulosos se mantienen al margen del bullicio que acontece en medio de una ciudad de barro y luces. Su vida “acelerada” e interminable de día tanto de noche, revela mi condición de “turista” queriendo exprimir cada segundo de un tiempo que nos lleva apenas una hora de ventaja. En Bogotá no deseo dormir, es el perfecto escenario para escapar de la nostalgia que México produce en mi memoria táctil. A penas abordo un taxi mi acento me deja en evidencia. Como el extraño que trata de pasar desapercibido pero su discurso lo delata, los despojos siempre nos alcanzan. Y a veces nos rebasan. Solía pensar que éramos tumbas andantes cuando sufríamos una pérdida, que ni la geografía, ni sus fronteras podrían desdibujar el exilio anímico y mental que produce una ausencia.

En Bogotá escuché cantos, desgarrados por la nostalgia y aprendí que nuestros pies siempre pertenecerán a la tierra que los sintió desnudos. Y que todos cargamos nuestros despojos, a veces en maletas, pero que Latinoamérica se hermana no solo en la lengua, también en la pérdida, y en el consuelo de construir memorias nuevas.

Diana Morales